ACERCA DEL ‘PECADO ORIGINAL’

por Javier S. Maskin

 

Una hermosa y más que insinuante mujer mordisqueando una manzana roja: Imagen “estandarizada” de la “tentación pecaminosa”, que el “imaginario colectivo” asocia automáticamente con la Biblia. Es que hoy en día, sobre todo entre los cristianos, existe la generalizada creencia en que el Pecado Original por el cual Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso habría tenido algo que ver con cuestiones de orden moral y, más precisamente, con cuestiones atingentes a los “placeres de la carne”. Esta creencia presupone lógicamente que nuestros padres originarios habrían recibido de su Creador un mandato primordial también de orden moral y que, en consecuencia, la moral sería el fundamento de la tradición judeo-cristiana. No sabemos cuándo ni dónde se originó este modo de interpretar las Escrituras y no es nuestro propósito investigar aquí ese origen, que con toda seguridad no se encuentra ni en la letra ni en el espíritu del Génesis bíblico, al menos cuando se lo lee con imparcialidad y sin prejuicios. En efecto, en los capítulos 2 y 3 del Génesis, o sea los que se refieren al estado edénico del hombre y a su posterior “caída”, no hay una sola palabra que autorice a identificar el dogma del Pecado Original con cualquier género de “moralismo”. Por cierto, el Génesis presenta muchas oscuridades, como no podría ser de otro modo ya que a todo relato simbólico le caben las palabras del Cristo a sus discípulos: “A vosotros es dado conocer los misterios del reino de Dios; mas a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan” (San Lucas 8, 10); no obstante, nunca podría haber contradicción entre la letra y el espíritu y, por lo demás, el texto del Génesis es suficientemente claro, si no para permitir un fácil acceso a su sentido más profundo, al menos para que su sentido literal no pueda dar lugar a confusiones en lo que hace al tema que ahora nos ocupa. Vayamos entonces al texto; y dado que es en el protestantismo donde el punto de vista moral ha llegado a prevalecer casi absolutamente sobre cualquier otra consideración, en el presente estudio nos guiaremos por una Biblia “protestante”: La versión en español de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602), y editada por la Sociedad Bíblica B. y E., Madrid, 1938.
 
La letra
 
“Y había Jehová Dios hecho nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal”. Gén. 2, 9.
“Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto comerás; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás de él; porque el día que de él comieses, morirás”. Gén. 2, 16-17.
Es éste el que bien podría llamarse “el Mandamiento Primordial”, ya que fue el primero dado a Adán. Más adelante procuraremos aclarar el significado del “árbol de la ciencia del bien y del mal”; por el momento, nos limitaremos a señalar que en este primer mandato no se aprecia la más mínima traza de “moral”.
 
“Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y trájola al hombre”. Gén. 2, 22.
“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y allegarse ha a su mujer, y serán una sola carne. Y estaban ambos desnudos, Adam y su mujer, y no se avergonzaban”. Gén. 2, 24-25.
Ni allegarse el hombre a su mujer era pecado, ni estar desnudos era motivo de vergüenza en el estado primordial. Tal vez alguien se sienta inclinado a identificar el estado edénico con la fábula del “buen salvaje” inventada por los racionalistas del siglo XVIII y que fuera un antecedente directo del “evolucionismo científico” que acabaría por imponerse un siglo más tarde en la mentalidad de los occidentales. Pero ha de recordarse que “puso Adam nombres a toda bestia y ave de los cielos y a todo animal del campo” (Gén. 2, 20), y que sólo puede nombrar quien conoce la naturaleza íntima de aquello que es nombrado; en otros términos, que Adán, creado a imagen y semejanza de Dios y puesto por su Creador en el huerto del Edén, o sea en el centro primordial de nuestro mundo, poseía desde el principio el conocimiento de todas las cosas de este mundo, lo cual, ciertamente, no podría esperarse de ningún “buen salvaje”. De modo que si Adán y su mujer no se avergonzaban de su desnudez, ello era debido a su pureza e inocencia, mas no a su ignorancia; y va de suyo que el hombre que es a la vez puro, inocente y sabio no precisa de prescripciones “morales” [1]
.
 
“Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; mas sabe Dios que el día que comiéreis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Y fueron abiertos los ojos de entrambos y conocieron que estaban desnudos: entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales”. Gén. 3, 4-7.
“Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme. Y díjole: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol que yo te mandé no comieses?”. Gén 3, 9-11.
Por haber comido el fruto del árbol prohibido, Adán y su mujer (que por entonces se llamaba Varona, ya que del varón había sido sacada), conocieron el miedo y la vergüenza. Mas, ¿cómo podría alguien avergonzarse, sabiendo que es “a imagen y semejanza” de su Creador? Y, ¿qué puede provocar miedo, sino la ignorancia respecto a aquello que se teme?
El resto del relato es conocido: Jehová maldijo a la serpiente, condenó a la mujer a parir con dolor y a someterse a la voluntad de su marido, y dijo a Adán: “En el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra; porque de ella fuiste tomado: pues polvo eres y al polvo serás tornado. Y llamó el hombre el nombre de su mujer, Eva; por cuanto ella era madre de todos los vivientes [2]
. Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y vistiólos. Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de Nos sabiendo el bien y el mal: ahora, pues, porque no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre: Y sacólo Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía a todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” Gén. 3, 19-24.
Así fue que el hombre perdió la inmortalidad y le fue cerrado el acceso al Paraíso. Habiendo pecado, el hombre perdió también su pureza y su inocencia primigenias, por lo que Dios los vistió; mas en ningún lado está dicho que Dios los vistiera para que no pequen. Y si más tarde el hombre cometió, en efecto, toda clase de pecados de orden moral, todos ellos tuvieron origen en aquel primer pecado que, como bien se ha visto, nada tuvo de “moral” desde ningún punto de vista. Es más: Adán conoció a Eva ya fuera del Paraíso, y ella concibió y parió a Caín, luego a Abel (Gén. 4, 1-2), sin que esté dicho ni insinuado que Caín y Abel fueran concebidos “con pecado”: Ellos -y todos sus descendientes- nacieron “pecadores” por el Pecado Original de sus padres, y no por otra cosa.
 
El espíritu
 
Ahora bien: Una vez “liberado” el Pecado Original de toda connotación “moral”, queda todavía en pie lo más importante, a saber, ¿qué es ese misterioso árbol de la ciencia del bien y del mal?
Tras comer el fruto prohibido, nació en el hombre el sentimiento de vergüenza y de temor. Decimos “el sentimiento” porque es evidente que tanto la vergüenza como el temor pertenecen al orden de los sentimientos, que es inferior al orden de la razón y más aún al orden del intelecto, así como el mundo corporal es inferior al mundo sutil o psíquico [3]
, y éste inferior al mundo espiritual o intelectual [4]. O bien, el mundo “terrestre” es inferior al mundo “intermedio” (“atmosférico”), y éste inferior al mundo propiamente “celeste”. Estos tres ternarios: sentimiento - razón - intelecto, cuerpo - alma - espíritu y tierra - atmósfera - cielo, se corresponden rigurosamente término a término y sólo difieren en la apariencia de su formulación simbólica que, en cada caso, obedece a un punto de vista particular. De ahí que la mujer haya sido tentada por la serpiente, símbolo terrestre que en la Biblia (pero no así en otras tradiciones) es considerada sólo en su aspecto “maléfico”. El conocimiento de “la ciencia del bien y del mal” hizo caer al hombre y a la mujer en la ilusión de considerarse separados de su Creador y diferentes el uno de la otra -de donde la vergüenza y el temor-. Ha de recordarse que El día en que crió Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo: Varón y hembra los crió; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adam, el día en que fueron criados” (Gén. 5, 1-2). Adán fue creado “varón y hembra”, y aún después de la separación de la Varona, ellos debían allegarse para ser “una sola carne”; porque la separación, siendo real en su apariencia exterior, no por ello anulaba la unidad de principio entre ambos y con su Creador. No había entonces motivo alguno para la vergüenza ni para el temor, mas una vez comido el fruto, la conciencia de la unidad quedó obnubilada, y se cubrieron, y temieron, y fueron expulsados del huerto y arrojados al mundo de la generación y la corrupción, del dolor, de la vida y de la muerte, pues todo aquello que no esté en perfecta unidad con Dios queda inevitablemente sujeto a las condiciones del “mundo profano” o, para ser más precisos, a las condiciones resultantes del modo profano de ver el mundo: “Fueron abiertos los ojos de entrambos (o sea que ambos pasaron de la contemplación interior a la percepción exterior) y conocieron que estaban desnudos” (o sea que nació en ellos la ilusión de la separación entre el “yo” y el “otro”).
Es que “la ciencia del bien y del mal” es precisamente aquella que hace ver las cosas en términos de “bien” y de “mal”, es decir, en términos de oposiciones más o menos irreductibles, y hace perder de vista el Principio por el cual todas las oposiciones son conciliadas, ya se trate de un principio común relativo a cada par de oposiciones en particular, o de Dios, Principio único de toda la Existencia Universal. Dios, claro está, conoce esa ciencia, pero a diferencia del hombre “caído”, no la toma más que por lo que verdaderamente es: Vana ilusión. Por eso es que el hombre precisa ser redimido de su pecado; y es así que en uno de los más antiguos textos cristianos, el Evangelio (apócrifo) de Felipe, puede leerse: “La luz y las tinieblas, la vida y la muerte, los de la derecha y los de la izquierda son hermanos entre sí, siendo imposible separar a unos de otros. Por ello ni los buenos son buenos, ni los malos malos, ni la vida es vida, ni la muerte muerte” (Felipe, 10). Y en el Evangelio (apócrifo) de Tomás: “Jesús les dijo: ‘Cuando seáis capaces de hacer de dos cosas una, y de configurar lo interior con lo exterior, y lo de arriba con lo de abajo, y de reducir a la unidad lo masculino y lo femenino, de manera que el macho deje de ser macho y la hembra hembra (...), entonces podréis entrar en el Reino” (Tomás, 22).
Todo ciclo de manifestación, ya se trate de la manifestación de un Mundo o de cualquier ser particular, implica necesariamente un progresivo alejamiento del Principio, o sea, para expresarlo en términos del simbolismo geométrico, un pasaje del centro a la circunferencia. El centro representa el Principio único e inmutable, en tanto la circunferencia representa el conjunto de la Existencia que gira en torno a su Principio y que no se separa de él más que de manera ilusoria. Desde este punto de vista, la expulsión de Adán y Eva del Paraíso fue necesaria a fin de que el ciclo de la vida terrestre pudiese desarrollarse en el espacio y en el tiempo. Quien dice desarrollo, dice sucesión; quien dice sucesión, dice movimiento y cambio; y quien dice movimiento y cambio, dice nacimiento y muerte. No por casualidad la mujer fue llamada Eva después y no antes de haber pecado. Adán y Eva perdieron la inmortalidad, es decir, el sentido de la eternidad, para que nuestro mundo pudiese existir conforme a las leyes que le son propias. El Pecado Original fue también, por ello mismo, el “Sacrificio Original”.
Se habla de la “caída” del hombre, lo que es natural puesto que todo ciclo de manifestación se desarrolla en sentido “descendente”. El camino “descendente” ha de ser “remontado” por quienes hayan de lograr la Salvación, es decir, el retorno al estado edénico primordial, y es la Institución religiosa (judía, cristiana o islámica, según la tradición de que se trate), la que tiene por misión, precisamente, conducir a sus fieles a la Salvación. Pero será muy difícil que esa misión pueda llegar a buen término si el dogma del Pecado Original es rebajado a una mera cuestión de orden “moral”. La ley moral, junto con el dogma y el culto, conforman los tres elementos constitutivos e inseparables de una religión, siendo el dogma el elemento intelectual, el culto el elemento psíquico y la moral el elemento sentimental, en concordancia con los otros ternarios a que hemos aludido más arriba. Desde luego, estos tres elementos no están en pie de igualdad sino jerárquicamente ordenados conforme a la naturaleza de las cosas: La moral ha de subordinarse al culto y éste al dogma, así como el sentimiento ha de subordinarse a la razón y ésta al intelecto. Sin embargo, vemos que cada vez más se tiende a invertir este orden natural y normal, predominando la moral por encima de cualquier otra cosa, haciéndose del culto poco más que una “costumbre” y quedando la doctrina reducida a su mínima expresión, cuando no directamente a la nada. En tales condiciones, es evidente que no hay Salvación posible, porque quienes degradan la doctrina a no ser más que “sentimentalidad” no hacen otra cosa que vivir en el pecado, comiendo todos los días del árbol de la ciencia del bien y del mal.
 

JAVIER S. MASKIN

Buenos Aires, primavera de 1999

 


[1]
Va de suyo que la sabiduría a la que nos estamos refiriendo no tiene absolutamente nada que ver ni con el “saber instintivo” de los animales (únicos a los que, por otra parte, podría caberles el apelativo de “buen salvaje”), ni con el “saber erudito” y puramente exterior de nuestros actuales “especialistas”. De lo que aquí se trata es de un conocimiento directo e inmediato, o sea propiamente intelectual en el más estricto sentido de la palabra.
Eva, en hebreo, es Javá, palabra que proviene de “jayá”, femenino de “jay”, que significa “viviente”.
O anímico, ya que la palabra griega psyké y la palabra latina ánima son sinónimos y se refieren ambas al componente sutil y vital de la individualidad humana.
Ya que el Espíritu no es otra cosa que el Intelecto puro y trascendente. Si se quiere entender bien las cosas, ha de evitarse la confusión entre “espíritu” y “alma”, así como la confusión entre “intelecto” y “razón”.En ambos casos, el segundo término pertenece al orden formal e individual, mientras que el primer término pertenece al orden informal y supraindividual.